El 11-S, veinticinco años después. ¿Vivimos en un mundo de valores culturales incompatibles?
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El 11 de septiembre de 2001 dos aviones impactaron contra las Torres Gemelas. Esa mañana una parte de la arquitectura de Nueva York quedó destruida, pero también -y sobre todo- una determinada imagen del mundo: la de un orden global que, tras el fin de la Guerra Fría, parecía avanzar de manera más o menos inevitable hacia la integración económica, la intercomunicación y la universalización de un ideario cultural que todos compartiríamos, y que facilitaría mucho las cosas. El afamado fin de la historia vaticinado por Fukuyama.
Veinticinco años después, aquella confianza en una globalización feliz, pacífica y unificada de principios de siglo resulta sumamente difícil de reconocer. El actual escenario internacional, tan poco prometedor, nos obliga a hacernos la misma pregunta que hace veinticinco años, tras los atentados del 11-S: ¿podremos llegar a una globalización pacífica o existen valores culturales esencialmente incompatibles?
1. Lo que los aviones del 11-S destruyeron
Las Torres Gemelas no eran dos rascacielos cualesquiera de Nueva York. Su duplicidad, su silueta replicada y sus espejos exteriores, que llevaban de una torre a la otra y viceversa, las diferenciaban del resto de edificios y las convertían en una representación literal de la forma estadounidense de ver el mundo. Tras esa perfecta clonación y simetría se escondía una cualidad estética, pero sobre todo una cualidad simbólica; había algo profundamente capitalista en la repetición de una misma forma que se espejeaba y se confirmaba a sí misma. Fabricar más de lo mismo, reducir la diferencia y hacer que el crecimiento se midiera por la capacidad de repetir un producto exitoso eran las señas de identidad de la industria estadounidense a comienzos del siglo XXI.
Las torres simbolizaban la opulencia, la redundancia y la riqueza, pero también la tautología de los caminos cerrados, aquellos de los que no se puede salir aun cuando se busca desesperadamente una vía para hacerlo. Por eso, el ataque contra las torres adquirió inmediatamente una dimensión que desbordaba sus consecuencias materiales: el objeto arquitectónico cayó, pero el objeto simbólico quedó señalado por primera vez, arrancado de su naturalizada presencia y expuesto, tanto él como el país que lo custodiaba, como una diana mucho más vulnerable de lo que cualquiera querría imaginar.
2. La negatividad que se estrelló contra la gran positividad de la globalización.
Hasta el 11-S, gran parte de Occidente contemplaba la globalización como una especie de proceso natural mediante el cual el resto de países del mundo, obnubilados por sus prodigiosos resultados, adquirirían el modo de vida democrático-liberal-capitalista. El comercio, Internet, la movilidad de personas y la creciente homogeneidad cultural serían los medios para lograr una progresiva unificación de las naciones. El 11-S introdujo una negatividad dentro de aquella enorme positividad, un excedente que la narración del mundo occidental estaba dejando fuera.
Lo que ese excedente puso al descubierto no fue tanto la ausencia de unos valores compartidos por todo el mundo como la ingenuidad de haber supuesto que esos valores debían adquirir la forma occidental. Occidente había señalado su propio recorrido histórico como el camino de la civilización, ese que nos alejaría del barbarismo y que el resto de pueblos, tarde o temprano, seguirían. Pero el atentado hizo implosionar, de manera brutal, inhumana e injusta, esa asunción: había alteridades que no encajaban, ni querían encajar, en la narración del mundo que Occidente postulaba como “el mejor de los mundos posibles”. Esto dejaba al descubierto algo muy delicado, y es que la aclamada globalización era de todo menos neutral.
3. Un mundo globalizado con muchas culturas diferentes.
Existe una tentación comprensible al observar el panorama actual: pensar que las diferentes sociedades poseen valores culturales irremediablemente incompatibles. El problema de esta interpretación es que convierte las culturas en bloques cerrados de vicios y virtudes, en vez de procesos históricos que cambian continuamente: Occidente es “esencialmente” individualista, Oriente “esencialmente” colectivista; Europa es “esencialmente” liberal, el mundo musulmán “esencialmente” reaccionario; unas sociedades son “esencialmente” democráticas, otras “esencialmente” autoritarias. Mirado de esta forma, el conflicto deja de ser histórico para convertirse en metafísico, y por lo tanto en irresoluble. Cuando algo se convierte en un problema metafísico no puede mutar ni transformarse, y el diálogo, la escucha y la autocrítica dejan de ser medios para llegar a una nueva situación.
Pero las culturas no funcionan así; las culturas son realidades internamente contradictorias, atravesadas por generaciones, clases sociales, religiones, movimientos políticos, transformaciones económicas y millones de biografías que cambian aquello que creen compartir. La cuestión, entonces, está mal planteada de partida. No deberíamos preguntar si las culturas son lo suficientemente compatibles como para congregarse en una globalización que funcione; deberíamos preguntar qué hacemos cuando nuestras maneras de comprender el mundo entran en conflicto.
4. El problema de tomar un proceso viviente como un sistema cerrado.
El obstáculo para una globalización medianamente humana no es que existan valores esencialmente incompatibles, sino que cada cultura trate los suyos naturalizando tres grandes falacias: 1) que sus valores son un sistema eterno, cerrado e inmutable 2) que este sistema está amenazado por otros sistemas 3) que la contaminación no es posible, pero si lo fuera -doble falacia-, se trataría de un peligro a evitar, en vez del motor mismo de todo proceso viviente.
Una sociedad se atrofia cuando deja de tomar sus intereses, sus valores y sus instituciones como resultados históricos de propuestas convertidas en realidades. Solo cuando los toma como esencias metafísicas es cuando desaparece la política en sentido fuerte, y da comienzo una especie de “gestión de las identidades”. “Nosotros somos así”. “Ellos son así”. “Nunca podremos entendernos”. Pocas fórmulas más cómodas para quienes prefieren no hacer ningún esfuerzo. El determinismo es la metodología de la pereza mental.
El 11-S mostró, de una manera inhumana y completamente prescindible, que el mundo no estaba tan unificado como algunos querían imaginar. Pero de ello no se deriva que estemos condenados a un enfrentamiento permanente entre culturas o “civilizaciones”, como creía Huntington. El enfrentamiento será permanente si las sociedades se perciben a sí mismas como sistemas cerrados. Pero también pueden percibirse de otro modo que, bien mirado, es mucho más fiel a la realidad.
5. Veinticinco años después: ¿hacia una ética global?
Una ética global debe estar preparada para la aparición ininterrumpida de nuevos sujetos históricos, nuevas generaciones, nuevas mutaciones y nuevos e inéditos problemas. La globalización previa a 2001 falló, entre otras razones, porque confundió la expansión del modelo del más fuerte con la existencia de un consenso. Una ética global no se puede basar en la integración de los otros en el propio sistema, sino en buscar qué aspectos de cada sistema deberán modificarse para que el hábitat común funcione.
Veinticinco años después del 11-S la cuestión sigue abierta: tenemos muchas diferencias, aunque no tantas como hace unos siglos. Podemos presentar estas diferencias como imposibilidades metafísicas, y vivir dentro de un mundo ilusorio en el que existen identidades esencialmente en lucha. Pero también podemos aceptar el hecho de que convivir, sea con nuestro vecino del 1ºB o con otras culturas, implica que el otro va a introducir alguna variación en mí. Solo cuando comprendamos que la diferencia no destruye la identidad, sino que la hace más profunda y compleja, estaremos preparados para una ética global.
ISSN 3020-1411
Burgos, España